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Última hora: muere Jelly Bean, una de las dos belugas trasladadas al Oceanogrŕfic de Valencia desde Marineland Canadá

Actualidad Valencia, septiembre 18, 2026

Última hora: muere Jelly Bean, una de las dos belugas trasladadas al Oceanogrŕfic de Valencia desde Marineland Canadá
El fallecimiento de este cetáceo, que se suma a las recientes muertes de Rain y Peekachu en Chicago, pone en evidencia el fracaso de los traslados entre tanques como solución para los cetáceos mantenidos en cautividad.

El Oceanogràfic de Valencia ha confirmado el fallecimiento "de forma repentina e inesperada" de Jelly Bean, una de las dos belugas trasladadas el pasado 27 de agosto desde Marineland Canadá. Por el momento se desconoce la causa exacta de la muerte del animal y se prevé la realización de una necropsia. Este trágico desenlace se produce solo unas semanas después de que el Shedd Aquarium de Chicago comunicase también la muerte de Peekachu y Rain, otras dos belugas procedentes del mismo recinto canadiense que fallecieron a los pocos días de su llegada.  

Desde FAADA y diversas entidades internacionales ya habíamos alertado de los altísimos riesgos que conllevan estos traslados y rechazamos tajantemente que estas operaciones se comercialicen bajo el concepto de «rescate». Mover cetáceos de un delfinario a otro no acaba con su cautiverio: simplemente cambia las cuatro paredes del estanque en el que permanecerán encerrados. Además, recordamos que, presuntamente, las autorizaciones concedidas por Canadá no impiden la reproducción de estos animales en sus nuevos destinos, abriendo la puerta a que se perpetúe la cautividad con nuevas generaciones nacidas en cautiverio.  

Estas muertes, además, ponen en evidencia la doble vara de medir de la industria del cautiverio. Es inevitable recordar el caso de Keiko, la famosa orca que protagonizó Liberad a Willy. Tras su proceso de rehabilitación, Keiko disfrutó de cinco años en su hábitat marino natal en un régimen de semilibertad monitorizada, incluyendo 18 meses de libertad plena e independiente nadando por el Atlántico Norte antes de morir por causas naturales en 2003. Pese a que disfrutó de un lustro de autonomía en el mar, la industria utilizó oportunistamente su muerte —ocurrida tras años, no tras pocos días como en estos traslados entre acuarios— para pregonar que la reintroducción era un "fracaso" y que estos animales no podían volver al océano ni ser llevados a santuarios. 

Hoy la realidad vuelve a ser dolorosamente clara: la vida de un cetáceo mantenido en cautividad siempre penderá de un hilo y traslados de este tipo siempre entrañarán riesgos. Por ello, la única alternativa para los cetáceos que actualmente sufren el cautiverio debe ser la creación y traslado a santuarios marinos. Aunque algunos ejemplares puedan no sobrevivir —debido a los riesgos inherentes de un traslado y a los problemas de salud que arrastran— merecen, como mínimo, pasar el tiempo que les quede de vida en entornos naturales de semilibertad, alejados del estrés del espectáculo comercial. 

Foto: Rachel Mittelstaedt

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