Nuestra acción Madrid, mayo 8, 2026
Hoy, después de dos intensas jornadas en el Juzgado de lo Penal núm. 30 de Madrid, el juicio del caso Vivotecnia ha quedado finalmente visto para sentencia. Han sido días muy duros, pero también profundamente importantes. Por primera vez, muchas de las prácticas que hasta ahora permanecían ocultas dentro de un laboratorio de experimentación animal se han expuesto públicamente ante un tribunal.
Hemos vivido este procedimiento con la convicción de que era imprescindible llevar este caso hasta el final. No solo por el conejo y las ratas objeto de este juicio, sino también por todos aquellos animales cuyos sufrimientos nunca llegan a conocerse ni a juzgarse.
Durante estos dos días se han analizado las grabaciones realizadas por “Carlota Saorsa”, ex trabajadora del laboratorio, cuya validez ha sido uno de los principales debates jurídicos del procedimiento. Tanto la Fiscalía como las acusaciones populares hemos defendido que las imágenes son plenamente legales y constituyen una prueba fundamental para entender lo ocurrido dentro de Vivotecnia.
Las acusaciones hemos mantenido la petición de condena por dos delitos de maltrato animal. Uno de los acusados está siendo juzgado por un procedimiento de eutanasia realizado a un conejo que, presuntamente, no se encontraba correctamente sedado y sufrió lesiones graves. El segundo acusado está siendo juzgado por realizar presuntamente punciones retroorbitales a varias ratas sin anestesia adecuada, provocándoles sufrimiento y posibles lesiones oculares.
Durante el procedimiento también ha declarado el perito que hemos aportado desde FAADA, uno de los mayores expertos estatales en ciencias de animales de laboratorio y bienestar animal, quien sostuvo que varios de los procedimientos observados en las grabaciones no serían compatibles con una sedación adecuada y que los animales mostraban respuestas conscientes de dolor, estrés o intento de escape.
En este tiempo, hemos apoyado el trabajo de Ana Cal, a quién encargamos junto a AnimaNaturalis la dirección de este asunto, intentando construir una acusación sólida y rigurosa, basada tanto en las pruebas periciales como en la necesidad de evidenciar los fallos estructurales de un sistema que, demasiadas veces, no protege adecuadamente a los animales utilizados en experimentación.
Este juicio no ha juzgado todo lo que ocurrió en Vivotecnia, pero sí ha conseguido romper el silencio sobre una realidad que hasta ahora permanecía oculta. Y eso ya es un paso enorme.
Ahora toca esperar la sentencia. Pero independientemente del resultado, este caso ha abierto un debate social y jurídico imprescindible sobre los controles y la supervisión de los laboratorios de experimentación animal y la urgente necesidad de apostar por alternativas éticas.
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